El Performance

En cierta ocasión, fui convocada por una artista de performance para participar en la inauguración de la semana del arte en la ciudad de Guadalajara. Los organizadores la habían invitado a ella, pero como la paga no cubría el traslado, decidió enviar a alguien de la localidad en su lugar. Dio conmigo por redes sociales y a medida que conversábamos me fui dando una idea de las posibilidades para una colaboración así.

—Puedo cantar algo a Capella, o hacerme acompañar por otro músico. Invitar a participar al público o cantar de manera seria, como en un recital. Puedo interpretar música propia, o bien, alguna canción conocida; lo que tú prefieras. —dije, procurando ofrecer a la performer, amplia variedad de opciones.
—No, no. No quiero que cantes.
—¿No quieres que cante? —me invadió la perplejidad— Entonces, ¿qué quieres que haga?
—Qué no cantes —respondió ella por zoom—, me interesa tu corporalidad
—¿Mi corporalidad?

Cuando me pongo nerviosa, tiendo a repetir lo que me dicen en forma de pregunta.

—Sí, que habites el espacio. Que interactúes con la gente, como si fueras una asistente más a la inauguración de la semana del arte.
—Pero, entonces —Hice una pausa para tratar de imaginarme en la situación— ¿será buena idea hacerme acompañar por algún amigo que me describa las obras de arte?
—No es necesario. Quiero que encarnes el absurdo que representa una persona ciega experimentando una exposición de artes plásticas que no cuenta con las adaptaciones para poder apreciar las piezas debidamente.
—Ah, ah, muy bien. Es probable que alguien se ofrezca a describirme lo que ve. A veces sucede.”
—Déjalo que suceda.
—¿Cuánto tiempo quieres que ande rondando por la exposición?
—No sé. El tiempo que tú decidas. Una cosa más: en caso de que acostumbres a usar bastón, ¿te animarías a andar sin él? Acá en Ciudad de México me tocó ver en el metro a un señor invidente que andaba sin bastón, tanteando las paredes. Lo ayudé a llegar hasta su casa y me lo agradeció, pero se desenvolvía bien. No parecía necesitar de mucha ayuda. El bastón es un símbolo que jala mucho la atención del público y me parecería de mayor impacto si pudieras prescindir de él para este performance.

Tuve que pensarlo. Nos valemos del bastón blanco para hacer saber a los demás que tenemos una discapacidad visual. El uso adecuado del bastón puede evitar que hagamos contacto con otra persona de manera invasiva. Por ejemplo: estando en la fila del banco, tocamos a la persona que tenemos delante con el bastón en su zapato para medir distancias. Esto pudiera resultar un poco molesto, pero, seguramente menos que si le pusiéramos la mano en el hombro o por error, en la cabeza. Aun así, la idea de navegar en una exhibición de artes plásticas sin el bastón me pareció de poco riesgo, así que estuve de acuerdo.

—¿Cómo quieres que vaya vestida?
—Casual. Como si fueras con un date, a un concierto o a una cena.
—¿Un date?

Mi mente voló, imaginándome del brazo de una hipotética pareja; alguien de cabello largo y olor a lavanda. ¿Sobre cuántas cosas platicaríamos? Y después de la inauguración, ¿adónde iríamos?

—¿María, sigues ahí? O vete como quieras. Como normalmente te vestirías para cantar en un concierto.
—Cuando uno es músico, y no sabe exactamente cuál es el código de vestimenta para un evento, suele ir de negro riguroso.
—¿De negro? No, no. Colores claros, por favor. Estuve viendo videos de la casa donde va a ser la inauguración, tiene una escalera muy interesante. Me gustaría que la mayor parte de tu intervención, la pasaras, subiendo y bajando muy lentamente esta escalera, palpando la pared. Te compenetrarías más con el muro vistiendo colores claros. ¿Qué te parece?
—Bien.

Llegado el día, fue difícil encontrar estacionamiento en las proximidades del edificio donde se inauguraba la semana del arte. De modo que terminamos diciendo al ballet parking de una funeraria cercana, que estábamos allí para acudir al velorio en turno. Me pareció lamentable que, por encima de todos los sonidos circundantes, sobresalía una música electrónica, que seguramente traspasaba con sus retumbidos el corazón de los dolientes. Pero mi lástima se transmutó en terror, al darme cuenta de que la fuente de semejante escándalo era precisamente, la sede de la semana del arte. Llegué tapándome los oídos y pensando: me va a ser materialmente imposible trabajar aquí. Cuando un ruido muy fuerte opaca el resto de los sonidos del ambiente, puede resultar riesgoso para una persona ciega. Quedan desdibujados los recintos, los obstáculos, las voces de los demás, es como si inundaran el entorno con una luz muy blanca que evitara ver lo que hay a tu alrededor, y transitaras por ahí sin poder distinguir contornos ni direcciones.

Pregunté a gritos por el organizador, quien tuvo a bien bajar el volumen para que pudiéramos hablar. Cuando le expliqué quién era, y a lo que venía, aceptó mantenerlo así para poder realizar el performans. Eran las siete de la tarde, aún eran pocos los asistentes, Ayudada por mi bastón decidí dar una vuelta por la casa para conocer la exhibición.

En el centro de una estancia, había un rectángulo de tierra que, según me platicó el organizador, (o desorganizador, como se hacía llamar), tenía las dimensiones exactas de la puerta, a manera de reflejo. El muro de una segunda sala, ostentaba fotografías en tamaño gigante, impresas sobre tela gris. En un tercer espacio se exhibía una pareja de cucarachas montadas sobre un bloque de hielo seco. «Bueno», me dije, «es mi oportunidad para, por primera vez, ponerle la mano encima a esos esquivos artrópodos que siempre he evitado».  Me sorprendió lo pequeña y frágil qué es la anatomía de una cucaracha. Las imaginaba voluminosas, húmedas; algo así como un gran chicle masticado, pero al detenerme en sus alitas y sus patas…

Antes de acometer mi exploración de las escaleras, estacioné el bastón blanco en un rincón y pedí a mi acompañante mezclarse con las demás personas.

Comencé a subir muy lentamente, reconociendo el muro que tenía a mi izquierda, con la mano y el antebrazo. Qué bueno que lo hice con cuidado porque de la pared colgaban algunos cuadros. Sobresalían también ganchos y clavos, testimonio de que aquella casa medio derruida, funge principalmente como galería de arte. Siguiendo las indicaciones de quien me contrató, evité tocar el barandal que serpenteaba a mi derecha. Además, desde la pandemia procuro evitar los pasamanos.

Arriba tenemos un par de habitaciones para nuestros artistas en residencia, llegué al segundo piso con estas palabras dándome vueltas en la cabeza. Tuve que vencer mis deseos de penetrar en las recámaras para curiosear la vida de aquellos artistas. Al fondo del pasillo, saqué la mano por la ventana que daba al patio. Me saludaron las ramas y hojas de un tupido árbol. Percibí un cable que, seguramente, sostenía algunos de los focos que iluminaban el patio, el miedo a una descarga eléctrica me hizo no querer averiguar más, cerré la ventana. Sobre el cristal, alguien había tallado este mensaje: viva palestina libre.

Hasta ahora, yo era la única ocupante de la planta alta. Pero ya resonaban las voces de visitantes en la puerta principal. Hora de descender. Sobre el descanso de la escalera, estiré los brazos, procurando entrar en modo performático. Entonces, mi mano topó con algo que pendía desde el techo. ¿Una cadena de popotes? Como los collares tipo Hawaiano con que se trabaja la motricidad fina en el kínder. La cadena pesaba más de lo que cabría esperar. Tiré como sacando una cubeta de un pozo. El peso que la tensionaba se destrabó e hizo que el artefacto se desprendiera del techo y se desplomara sobre mis manos. No eran popotes, eran cigarros; una larga fila de cigarros enhebrados en tira de alambre como un gran tren.

Erre con erre cigarro. Erre con erre barril, recordé un trabalenguas que aprendí de mi abuela. Rápido corren los carros cargados de azúcar del ferrocarril.

¿Pero ahora que hago con esto? ¿Colgarlo del barandal como decoración? ¿Y si lo enrollo y lo retaco detrás de una puerta? No, lo mejor es entregarlo al desorganizador con una disculpa. No, no, ¡ya sé! Sujeté un extremo de la tira de cigarros a mi zapato y bajé las escaleras como novia luciendo la cola de su vestido. ¡Perfecto; un statement contra el tabaquismo!

—María, no sé si te habías dado cuenta, traes una de nuestras piezas atorada en un zapato.
—Sí. Lo lamento.
—Por favor, procura no manipular las obras de arte.
—Fue muy difícil lograr colgarla del techo.

«Misión abortada».

—Aquí tienes.

Después de eso me enfoqué en bajar y subir las escaleras lo más lento posible, procurando mantenerme en perpetuo movimiento, pues temí que, si me recargaba contra el muro para tomar una pausa, podría quizá parecer personal del staff, “perdón, ¿el baño?”, o guardia de seguridad.

La performancera que me contrató tiene formación en danza, pero yo carezco de gracia para moverme, y lo cierto es que mi cuerpo, a falta de la voz como herramienta principal, se sintió muy desamparado. Llegaron hasta mí, rumores de conversaciones de visitantes que circulaban. De pronto me sentí como en la infancia, cuando desde las escaleras escuchaba ecos de las voces adultas que me alcanzaban desde el comedor. Pasé una hora subiendo y bajando escaleras. Entré en una especie de trance y no pude evitar cierta sonrisa cuando pensé: vaya, ahora me pagan por esto.

—Disculpa. ¿Ya te vas a retirar?

Antes de cruzar la puerta de salida ya habían elevado de nuevo el volumen.

Caminamos hasta la funeraria para sellar el boleto de estacionamiento en el lobby. Al interior del recinto, el estruendo electrónico que venía azotándome las espaldas, era mucho menor de lo que pensé. Me sentí flotar en aquella atmósfera solemne, invadida por el asfixiante olor de los lirios. Tuve la extraña sensación de que el performans continuaba, y que alguno de los hombres con chaleco y corbata que cruzaban el piso de mármol a grandes zancadas, estaba a punto de hacer alto frente a mí, extender la mano, e invitarme a bailar.

—¿Cómo te fue en la inauguración? —quiso saber la performer en nuestra llamada de retroalimentación—. El desorganizador me dijo que estuvo hermoso.

«¿Hermoso? Menos mal», pensé, y tragué saliva para comenzar mi relato.

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